John Jairo Sarabia Trigos

Pensé que había muerto cuando abrí los ojos y observé que estaba encerrado. Sin embargo, a través de aquella pared membranosa escuché que vivíamos en el año 1987. Entonces caí en cuenta que el 17 de mayo apenas iba a nacer.

Y cuando mi mamá Martha abrió las puertas por tercera vez para tener a su último hijo antes de morir tres años después, volví a creer que yo había fallecido de verdad, pues más allá de la barriga oí a una persona que hablaba sobre una luz al final de la vida. Pero cuando pude sacar la cabeza de aquel túnel natural, supe que era la luz intensa del cuarto de partos.

Desde esa primera vez que me vieron, la familia comenzó a bromear con caritas curiosas que me hacían llorar al punto de producirme un ahogo con tendencias a detener el corto tiempo de vida que llevaba. Mis hermanos, Juan Pablo y Henry, entendieron esto desde el principio, pues cada vez que se acercaban con una mueca chistosa y de cariño, yo terminaba verde y morado, y ellos tenían que salir madreados por nuestra madre protectora.

Mi madre relacionó esos ahogos con una epilepsia, y no como un mal de rabia constante, como la familia lo comprobaría durante toda su infancia y adolescencia. Así fue que mi mamá comenzó a darme aquellas fuertes y costosas pastillas que por poco me dejan mentalmente ciego.

Luego, pasaron los tres años de los que les hablaba y mi mamá murió por una enfermedad nueva para el pueblo (Ocaña), un mal que nadie le creyó hasta que la llevaron del cajón al cementerio La Esperanza.

A partir de aquel acontecimiento pasé a manos de mis tíos, Itza y Martín, quienes en su benévola pobreza, Dios los obliga a suspender el costoso tratamiento contra la falsa epilepsia. Digo falsa porque consultaron un doctor que les reveló lo contrario; el les explicó que las drogas habían matado cientos de neuronas que afectaron mi desarrollo cognoscitivo. Es por eso que la familia con la que estaría alrededor de once años sólo la recordaría a partir de los siete; antes de allí, la historia estaba casi borrada, y cuando intentaba recordar episodios, notaba que los pergaminos de la memoria estaban manchados con tintas regadas por despistados.

Cuando nos trasladamos a Valledupar convencido que el río quedaría al frente de la casa, aterrizamos en la árida capital del Cesar, Colombia, sin saber para qué grado iría. Es quizá por eso, cuando hice un examen y me colocaron en segundo grado, que mis tíos estallaron en felicidad. Por fin entraría en un colegio de verdad que no se llamaba ‘Instituto para el niño diferente', escuela para niños especiales a la que mis tutores tuvieron que recurrir para recuperarme por los problemas de aprendizaje causados por la droga.

Los años pasaron tan rápido como cualquier risa provocada por un recuerdo. El niño creció como solitario pero siempre acompañado por una compañía mayor.

El pequeño maduró desde siempre con su meticuloso orden y el amor desesperado por unas cuantas mujeres costeñitas, todo para saber que unos años luego querría más a Dios, la familia y las letras que cualquier otra cosa.

La idea de estudiar periodismo lo tomó a él y a su familia con gran sorpresa. Su férrea voluntad nunca declinó ante las perspectivas pesimistas de los que lo rodeaban y su aparente anti sociabilidad.

Sin embargo, y pese que Dios ha hecho cientos de milagros y aún pocos le creen, hoy tienen uno a su disposición: una maravilla imperfecta, hermosa, y en proceso de construcción. Hoy es el creador y fundador de Makondo Universal, página cuyo funcionamiento no sería posible por quienes deseen integrarla.

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