La Audiencia Final (R)

Foto: Manos esposadas / Extraída de www.policia.gov.co

El frío del segundo piso estremecía su cuerpo cuando caminaba por ese callejón que la llevaba rumbo a la audiencia pública. Su respiración interrumpida, manos sudorosas y movimientos inquietantes le daban un aspecto juvenil; al lado de ésta, una señora robusta, de apariencia rígida. Ellas dos eran las primeras en llegar a esta reunión.

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Por Bryanna Lara Lara

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El frío del segundo piso estremecía su cuerpo cuando caminaba por ese callejón que la llevaba rumbo a la audiencia pública. Su respiración interrumpida, manos sudorosas y movimientos inquietantes le daban un aspecto juvenil; al lado de ésta, una señora robusta, de apariencia rígida. Ellas dos eran las primeras en llegar a esta reunión.

Ausencia de personal había en ese momento. La llegada de Maria Camila Flores, quien se presentó junto con su progenitora, Amanda Flores, le daba inicio a este encuentro. El ambiente tenso, los murmullos que se daban en el pasillo, empezaban a crear imaginarios de lo que podría suceder allí adentro.

Mientras se evidenciaba la cara de angustia de aquella joven, se escuchó una voz que decía “siéntese, ya viene el juez”. Este era el acusado, que llevaba sus manos atadas a unas cadenas, se identificaba con un aspecto poco agradable, la mirada que dirigió cuando entró a la sala fue a Maria Camila, con rabia, odio, rencor, entró y se sentó.

Los micrófonos, la bandera de Colombia, bancas en la parte superior de éste, serían el comienzo de una “verdad” que estaba a punto de ser contada en ese salón. Entró el juez Lorenzo Carranza Triana, con su secretario, Alejandro Castrillón, y el fiscal Jaime Enrique Lopéz. Dieron inicio a esta audiencia que tenía como caso expuesto el acceso carnal abusivo con menor de edad.

La demandante era Maria Camila, de 17 años. El juez le dio paso a su declaración, pero antes de iniciar se le tomó a ella el juramento de rigor y las formalidades que prometía decir la verdad. La rigidez de sus extremidades evidenciaba el rastro del miedo; el silencio que manejó durante unos segundos expresaban en ella la inseguridad. En ese momento vio la oscuridad y el temor de no hablar, pero se limitó a escuchar la introducción que daba el juez acerca del caso mientras ella se relajaba un poco.

Empezaron las preguntas para Camila y todo el auditorio presente escuchaba sus respuestas, que primero fueron de su vida personal, cómo vivía, qué formación académica había recibido y cómo estaba conformada su familia; lo más impactante fue el hecho de saber que solo hizo hasta segundo de primaria porque no quería seguir estudiando. Saber que su padre había muerto hace 15 años, que ella junto a sus hermanos vivían de su madre y que ahora su padrastro era Ricardo Rodríguez, el demandado.

La indagación se manejó sobre cómo era su relación y la de sus hermanos con Ricardo Rodríguez. Dijo que él nunca los maltrató, que todos salían junto con él a rebuscarse la comida. La situación en ese momento se estaba presentando muy confusa. Estando en ese lugar, Maria Camila no sabía por qué el acusado estaba privado de la libertad, en la respuesta que dio al juez.

La declaración inicial que le dio al Instituto de Bienestar Familiar (ICBF) fue, “Desde los 13 años de edad, el abusaba de mí, me metía el pene en la boca y después me lo metía por detrás”. Le preguntaron si eso era verdad y ella respondió: “Yo me lo inventé todo para que él se separara de mi madre, porque no me cae bien”. Lo negó absolutamente todo, el juez y los asistentes no estaban convencidos de su respuesta. Ricardo Rodríguez, con la cara en alto y seguro de que no había hecho nada, mostraba satisfacción ante lo que ella decía; al lado de él su defensor Raúl Gilberto Peñuela, intervenía una y otra vez con respecto a lo que se decía.

Las inconformidades llegaron una vez dada esa respuesta, el salón se invadía de voces suaves e incrédulas; las contra-preguntas vinieron y Camila sintió que la atacaban como en un combate del ejército, no halló salida alguna en el auditorio, sabía que sus palabras en ese momento serían indispensables para este caso. Pero aun sabiendo esto, la interrogada aseguraba una y otra vez que lo que dijo lo hizo solamente para que él se separara de su madre.

En aquel instante vendría una pregunta que empezaría a asegurar no solo al juez, sino a ella misma, su mentira. Preguntó el juez: “se supone que él le tocaba los senos, la vagina, la cola, por debajo de la ropa; esto ocurría todos los días cuando su mamá salía a trabajar, ¿cómo explica eso?. Su voz débil y abandonada en el micrófono respondió: “él a mí no me tocaba nada, solo me tocaba las piernas, como cualquier padre hace con su hijo”. La contradicción de esa respuesta le demostraba al juez que lo que ella aseguraba con certeza empezaba a ser dudoso.

Siguió la indagación y no se hallaba una verdad absoluta. Por una parte era ella y por la otra sus respuestas con argumentos muy pobres. Se evidenció en Maria Camila la falta de estudio, las explicaciones que daba no parecían de una joven de 17 años. Ese lugar se había convertido en un juego de niños donde se hace trampa y se dice una “pequeña” mentira, que se resolvía con la supuesta inocencia de no saber qué si se hizo una demanda sobre abuso sexual, fueran a coger al demandado.

Todo parecía estar aclarado, la decisión estaba a punto de ser tomada, pero se hizo una pregunta que definiría este caso. “¿Por qué espero cuatro años desde su última mentira ante el fiscal del caso, para corregir ante la justicia sus inventos?”.El silencio le dio respuesta a esa pregunta, solo por un instante, -no sé, yo nunca pensé lo que hice, no sé por qué lo demande a él-.

El silencio absoluto después de esa respuesta significaba algo, la sentencia que se iba a dictar estaba en manos del juez, la contradicción entre una y otra pregunta no daban un veredicto final, la única verdad estaba en manos de Maria Camila Flores, la afectada. Los rostros de todos los presentes estaban a la expectativa de lo que pudiera pasar; la mirada del juez hacia el público; los nervios que mostraba Camila le daban un reflejo extraño a su rostro; la tenue oscuridad del caso, se iba a aclarar en ese momento.

El Juez Lorenzo Carranza empezó a dar sus explicaciones. Todos esperaban un resultado pronto, pero con mucha paciencia leyó el veredicto final, después de unos minutos, “se resuelve declarar penalmente…responsable a Ricardo Rodríguez Velosa de los delitos de Acceso Carnal Abusivo con menor de 14 años estipulado en el artículo 209, pena de noventa y seis (96) meses de prisión”. Al escuchar este resultado él agachó su cabeza y sintió el final de una historia, que para Maria Camila debió ser libre su padrastro, según la declaración. Salió de esta audiencia con tres hombres a su alrededor y con la mismas cadenas atadas en sus manos, pero a diferencia de como entró, esta vez llevaba en su espalda varios años de soledad tras las rejas.

 
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