Miedo en la cumbre - Crónica - Makondo Universal

Miedo en la cumbre. Rapel

Papá enseña a su hijo

Foto: Arian González, hijo del instructor, se lanza por primera vez desde un puente /John Jairo Sarabia / Makondo Universal

No era como para tener las huevas enganchadas a la garganta, pero sí lo suficientemente alto como para aferrarse a la piedra llana que estaba en la cumbre de la roca. Sabrinsky queda a poco menos de una hora de la ciudad de Bogotá, Colombia, donde las piedras no ofrecen una altura mayor a ocho pisos de un apartamento. Y aunque yo estuve en una de tan sólo tres pisos, el grito constante y sonante de las niñas que pasaban frente a mí para lanzarse, me colocó con nervios de punta y las manos más sudorosas que un caldo de papá. El deporte extremo que estábamos practicando era el rapel, que consiste en el descenso por cuerda de una roca o un puente.

Por John Jairo Sarabia Trigos

Estuve con el grupo de socorristas Cunvres. Fui el más valiente en tierra cuando dije que me ensillaran a mí primero, o sea, que me colocaran una especie de calzoncillo donde se engancha la seguridad por donde se desliza la persona (ver Equipamiento de Rapel ). Pero en la cumbre de la pequeña roca, todo fue diferente. Iba con un grupo de estudiantes de últimos grados de secundaria, y todos se tiraron sin ningún pormenor. Fueron más de setenta personas que lograron lanzarse hasta de cabeza. Pero como dicen aquí “me ahuevé”. Entonces me quité la silla que una socorrista había armado con tanta dedicación. Bajé de la cumbre y preferí dejarlo para otra ocasión.

El día que sí fue

Niño de cabezaLlegó Semana Santa, y con la época de vacaciones, un campamento a El Triunfo, Cundinamarca. “Esta vez sí”, dije. Pero porque en el campamento recreacional sería desde un puente con escasos metros de altura.

Fue tan sólo hasta el tercer día que llegamos al lugar. Debajo del puente Fred González, Instructor de Rapel y Brigadier Mayor de Cunvres, comenzó a enumerar las personas que querían hacer rapel. Yo me quedé callado. El brigadier terminó de contar las personas y preguntó: “¿Hay alguien que no haya contado?”. Estoy seguro que se refería a mí, pero no dije nada. Volvió a repetir la pregunta y seguí callado. Así fue como subió a las barandas del puente para comenzar a mandar gente por la cuerda. Le tomé fotos a todo el mundo. Iban bajando sin nerviosismo y contando la experiencia. Todos hablaban de “vacano” y “chévere”.

Terminaron de pasar las personas que estaban enumeradas, e incluso, varias se estaban preparando para repetir. Seguía allí, parado en una roca tomando fotografías, hasta que Nora Villabona, brigadier menor, me preguntó sí yo no me iba a lanzar. De penoso dije que sí. Entonces la joven cruzó por mis largas piernas una cuerda que ellos llaman eslinga , con la que arman la llamada silla donde se ata los ganchos de seguridad.

Foto: Nicolás Arismendi con menos de diez años ya se lanza de cabeza /John Jairo Sarabia / Makondo Universal

Lo que se siente

“Espectacular. Se siente vértigo, una adrenalina muy chévere”, declaró Villabona en el campamento.

Pero yo quería comprobarlo. Así que teniendo el equipo listo, subí al puente y el brigadier González me llamó. Pase al otro lado de la baranda, donde no hay piso, y el instructor ligó el gancho de mi silla a la cuerda por donde iría a descender. Miré abajo y no sentí el vértigo de Sabrinsky. Tampoco me sudaron tanto las manos. Simplemente sabía que si soltaba la mano derecha con la que daba cuerda para descender, me iría hacia abajo contra una piedra. Eso sí los que hacían guardia se descuidaban, porque a la final, si uno suelta la cuerda, los de abajo la tensan y uno desciende con lentitud.

Aferré la mano derecha a la cuerda y la izquierda la ubiqué en el extremo superior, todo como me lo había dicho González. Impulsé la cola hacia abajo y comencé a deslizar las piernas erguidas por una pequeña pared vertical del puente. Ya cuando no me quedaba más piso para apoyar mis pies, el instructor me dio la señal de que ya era hora de dejarme caer. Y aunque pensé que me iba a pegar contra el puente, dejé que mis pies quedaran en el aire y sentí por primera vez qué es estar en el aire, volando sin necesidad de drogas o pesadillas, con gente mirando desde abajo, tomando fotos para el recuerdo.

 

Foto: Nuestro cronista recibe instrucciones para terminar el descenso / Iván Aldana / Makondo Universal

El rapel no es el deporte inseguro que pensé. Hay ganchos, ligaduras, cuerdas, personas, todo un conjunto que trabaja por el bienestar del aventurero. Después de mí se lanzaron los hijos del instructor Fred; primero con él y después solos.

Los niños no sintieron algún temor. Miraban a su padre que les decía “mírame sólo a mí”. Ellos obedecían sus órdenes y descendían como ángeles. Entonces me pregunté: ¿no habrá alguno por acá?

Equipamiento de Rapel

Carlos Ramos, brigadier mayor del Cuerpo Nacional Voluntario de Rescate, nos contó qué implementos son necesarios para practicar este deporte.

• “Principalmente voluntad”.

• Guantes.

• Una cuerda “más o menos gruesa” como la No. 13.

• Un descendedor u Ocho .

• Un arnés o silla.

• Un mosquetón.

Si quiere practicar este deporte con el grupo de socorristas CUNVRES, llame al 311 - 51 - 02 - 489 en Colombia. El rapel es un deporte extremo pero sencillo y pueden comenzar a practicarlo desde los ocho años de edad.

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Si desea un campamento recreacional con sus amigos del colegio o la universidad, comuníquese en Colombia con Pilar Aldana, experta en campamentos de instrucción para grupos recreativos y ecológicos, al 312 - 422 - 50 -90.

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