Foto: Son niños de Ángola, pero parecidos a los del Chocó, Colombia / Francesco Zizola/Magnum. MSF.

La Defensoría del Pueblo y una comisión especial enviada al departamento del Chocó, integrada entre otras instituciones por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), determinaron la muerte de cuatro niños en el Carmen del Darién por desnutrición. Los medios de comunicación iniciaron el escándalo colectivo de un problema antiguo. Posteriormente se reveló que funcionarios y dirigentes de varios organismos se robaban y desviaban recursos para la inversión en salud y alimentación de la población con deficientes recursos; un poco antes el país descubrió que mientras unos pequeños se morían de hambre otros cerdos disfrutaban del complemento nutricional llamado bienestarina. Finalmente, y alrededor de este último hecho, las autoridades del municipio donde se inicio la noticia, afirmaron que a los indígenas no les gustaba el producto alimenticio; en otras palabras, preferían morirse a recibirlo. Este último evento pareciera desviar la atención del pueblo sobre los problemas de corrupción.

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Por John Jairo Sarabia Trigos

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El ICBF aconseja a los consumidores de la bienestarina, entre otras cosas, medio pocillo de agua limpia para su preparación, azúcar, un lugar libre de contaminantes y una protección especial contra la luz y humedad. La obtención de agua potable es uno de los problemas más gruesos que tiene que hacer frente la población; Jaime Echevarria Córdoba, del periódico Citará (Quibdó), dice en un artículo que en el Chocó “existen masas importantes de aguas continentales, ríos y depósitos naturales de agua” que son contaminados como consecuencia del lavado de oro con químicos residuales como el mercurio y con “máquinas cuyos remanentes de aceites y de combustible son altamente tóxicos”. Esta situación afecta principalmente a los ríos Caraño y el Cabí, los cuales sirven de suministro de agua de consumo a la ciudad de Quibdó y a otros cuatro corregimientos más. Esto, fusionado a los problemas económicos que impiden la compra de azúcar y leche, o la marginación que distancia una comunidad de un mini mercado. Para que un ser humano coma a secas el polvo del suplemento necesita más que hambre.

Liliana Peñalosa, profesional especializada en el grupo de promoción y prevención del Ministerio de Salud, dice que “la nutrición es algo transversal en el sentido de que hay que apuntarle a muchas cosas: condiciones de salud, higiene, condición ambiental,…”. Es decir, la desnutrición es un monstruo gigante que no se limita exclusivamente al hambre. El difícil acceso a la comida es un gran tentáculo del problema, quizá el más grande de todos, pero también existen esos factores externos que rodean al niño. Como ejemplo no tan aislado, existen pequeños que por violencia intrafamiliar pueden tener trastornos alimenticios que generan la desnutrición.

Otro que comparte la misma tesis de Peñalosa es Alberto Pradilla, investigador de Colombia Médica, quien indica que “en las zonas urbanas del país la muerte por desnutrición no aparece en las primeras 20 primeras causas”. La muerte por enfermedades crónicas asociadas a la alimentación está asociada a otras causas como diferentes tipos de cáncer, hipertensión, diabetes mellitus y problemas cardiovasculares. A esto, Pradilla suma otros estudios que han demostrado cómo el estado nutricional puede estar influenciado por disturbios psicológicos, maltratos, vida sedentaria, falta de actividad física, consumo exagerado de ciertos componentes, entre otros.

Pradilla menciona a “los barrios invisibles” con sus “invisibles”. Para el investigador los barrios invisibles son aquellos que se encuentran dentro de una ciudad pero que no son tenidos en cuenta a la hora de una encuesta o un estudio por las diferentes organizaciones gubernamentales y no oficiales, el se refiere solo a Planeación Nacional; y los invisibles, a los niños desplazados o que no asisten a la escuela. La mortalidad infantil es un índice que nos dice mucho sobre enfermedades infecciosas relacionadas con la alimentación. Sin embargo, aunque dichas estadísticas despierten gran interés por el gobierno y las organizaciones, la mayoría de “los programas están orientados a los niños escolarizados o en Guarderías y gran proporción del recurso se gasta en zonas urbanas donde el problema es menor”. Es por eso que muchos otros niños se vuelven invisibles.

Foto: Francesco Zizola/Magnum/MSF


La problemática del departamento del Chocó “es tan antiguo como el aislamiento de su población nativa a servicios sociales y de salud que no existen en la región”, afirma Carlos Daza, profesor de Epidemiología Nutricional de la Escuela de Salud Pública, de la Universidad del Valle, Cali. “El reciente escándalo en el Choco divulgado por la prensa es la punta del iceberg de un problema latente y mucho mayor que existe también en otras regiones del país”.
Daza opina alrededor de una problemática aparentemente aledaña al problema de la desnutrición infantil: el eterno escándalo de los medios, el futuro silencio alrededor de ese hecho con el resultado de un problema que no se subsana; un proceso cíclico y dañino. “Las malas noticias son siempre tema de actualidad periodística pero el seguimiento correctivo a problemas como el que nos ocupa se diluye desafortunadamente con el paso del tiempo”.
Un informe realizado por el Departamento de Planeación Nacional y la ONU demuestran que el Chocó tiene el peor Índice de Calidad de Vida en Colombia con un nivel de 62 puntos sobre 100. El estudio también nos da a conocer que la tasa de desnutrición crónica, que es una de las formas en que se expresa el hambre, es del 13,6 por ciento. Pese a las espantosas cifras, y refugiándose tras el deprimente telón de otros países, el director de Planeación, Santiago Montenegro, señala que el informe "es un mejoramiento importante y sustancial" al subir tres puntos de calidad de vida en los últimos seis años.
Peñalosa, del Ministerio de Salud, es igual de positiva que Montenegro, pues ve un gran avance al pasar la desnutrición crónica de un 13.5 a 12.0 entre los años 2000 y 2005.

Para el investigador de Colombia Médica, todos estos promedios y “números absolutos solo sirven para llamar la atención. Los promedios ocultan las diferencias y permiten que se establezcan programas que llegan a muchos pero probablemente no a quienes lo necesitan”.
La desnutrición no es sólo hambre absoluta, condiciones ambientales insanas o corrupción en los organismos, es un todo que no depende de los estudios que se olvidan con el tiempo, no depende de las cifras, sino, como dice Carlos Daza “el futuro depende de acciones del Estado sobre la base de mayor equidad en la distribución de los medios productivos y sociales”.
Finalmente, a qué cifras habremos de creer cuando uno y otro organismo estatal confirman diferentes decesos de niños por desnutrición. Multipliquese el hecho por otro parecido: los medios de comunicación que difunden a los niños y jóvenes mensajes dietéticos combinados con su realidad de declarar las verdades de la sociedad.

Los mayores grados de desnutrición que son el marasmo y el vachurco, “no sólo los ves en televisión observando niños del África; aquí en Colombia también tenemos niños así”, afirma Peñalosa quien durante una parte de la entrevista pide que nos detengamos cuando le pregunto qué puede sentir física o psicológicamente un niño con hambre excesiva.

 
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