¿Por qué el hombre no puede ver a DIOS?

El apóstol Juan en la Isla de Patmos y una bestia que vio Daniel en una de sus visiones muy parecidas a las del apóstol. Las ilustraciones fueron tomadas del libro Explicación del Libro de Apocalipsis, Ivan Barchuk / Makondo Universal.

 

“Al verlo, caí a sus pies como muerto” (1), fueron las palabras de Juan cuando tuvo el primer y único contacto directo con Dios. Si bien el apóstol ya conocía a Jesús quien, según la tradición cristiana, es Dios transformado en hombre, jamás lo había conocido desde su naturaleza divina. Y en esta oportunidad, en la Isla de Patmos, él dice que cayó como muerto.

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Por John Jairo Sarabia Trigos

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Pero la reacción física que sintió Juan no era para nada nueva, pues muchos siglos atrás un hombre llamado Daniel manifestó algo similar al contactar con Dios; él dijo: "...y al oír el sonido de sus palabras, caí sobre mi rostro en un profundo sueño" (2a), y anteriormente había expresado "...vi esta gran visión, y no quedó fuerza en mí" (2b).

En estas dos oportunidades Dios no se apareció como siempre: en llama de fuego, nube, luz, resplandor, como una figura celeste, sino que realmente era Él quien había decidido manifestarse personalmente. Y en esas ocasiones los dos personajes cayeron al piso.

En el libro de Éxodo señalan que “Moises cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios” (3). Pero... ¿miedo de qué? ¿Qué hay en el rostro de Dios que no se puede ver? Daniel constata que los hombres que lo acompañaban huyeron del lugar, pues "se apoderó de ellos un gran temor" (Daniel 10:7). Y era tal la visión que este sujeto tuvo sus ojos en dirección a la tierra (Daniel 10:15), lo cual indica que no quería o no podía ver la figura de Dios porque quizá entraría en ese estado de desfallecimiento que expresó.

Juan logró ver a Dios y él escribió: “Me volví para ver de quién era la voz que me hablaba… Su cabellera lucía blanca como la lana, como la nieve; y sus ojos resplandecían como llama de fuego”, y continúa la descripción, “Sus pies parecían como llama de fuego… su voz era tan fuerte como el estruendo de una catarata… de su boca salía una aguda espada de dos filos. Su rostro era como el sol cuando brilla en todo su esplendor” (4).

¿Usted se puede imaginar ese cuadro que observó Juan? ¿No le causaría temor hasta el punto de desmayar? Ver a Dios requiere más que el simple querer de parte nuestra. Pero aún no hemos resuelto el dilema: ¿por qué no lo podemos ver? La respuesta también la encontramos en el libro sagrado: “¿Qué comunión puede tener la luz con las tinieblas?” (5), pregunta Pablo.

En un principio Dios tenía una íntima comunión con el ser humano. En el libro de Génesis encontramos que Él “se paseaba por el huerto, al aire del día” (6). Pero ese contacto resultaba de la pureza e inocencia que tenían los primeros seres humanos, es decir, de su pecado nulo o corrupción en cero. Era entonces un convivir cara a cara que se rompió cuando el hombre comenzó a pecar: “y el hombre y la mujer se escondieron de la presencia de Dios entre los árboles del huerto”. ¿Y por qué se escondían? “El hombre respondió: -Oí tu voz y tuve miedo porque estaba desnudo” (7). Eso nos revela de algún modo que el pecado nos aleja de su presencia, nos lleva a un temor inexplicable de nuestra parte y a una reacción en nuestro cuerpo.

Más adelante el relato nos lleva a restricciones que Dios le hizo al hombre. “Y lo sacó Dios del huerto de Edén… Echó, pues, fuera al hombre, y puso querubines al oriente del huerto de Edén” (8). Desde entonces aquella relación se disolvió por completo, porque, desde el plano divino, la luz no habita con la oscuridad, y por ende, el pecado no habita con la santidad. De allí que podamos deducir que nuestra naturaleza no nos permita un contacto directo, pues no aguantaríamos la extrema santidad y caeríamos como muertos.

Hace varios años escuché la historia de una persona a la que se le apareció una figura en forma de león, y este sujeto, creyendo que era un fantasma o algo parecido, le lanzaba palabras de oposición como si fuera el diablo; luego la figura le habló aconsejándole que no lo echara, pues era Dios.

Así es de incomprensible su figura, como la descrita por Juan. Y así de poderosa, al punto que las personas caen como muertas. De allí la razón espititual y casi física por la que no podamos ver a Dios tal como lo intentan ver los científicos desde sus fríos laboratorios. Ese privilegio que muchos demandan, hasta los mismos supuestos creyentes, es un regalo futuro para quienes creen en Él sin haberlo visto.

La búsqueda del ser humano para ver a Dios es una tarea estúpida, pues nunca lo veremos. Y quien exige verlo, habría de tener ahora mucho temor, pues vaya a ser que Él le cumpla el deseo y caiga realmente muerto, sin poderse levantar, como si lo lograron Juan y Daniel; porque para ese momento su tarea materialista se vería frustrada, ya que un cadáver no cuenta más que sus señales.

“Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido” (9).

Referencias

(1)  Apocalipsis 1:17. Nuevo Testamento. Nueva Versión Internacional.

(2a) Daniel 10:9 (2b) Daniel 10:8. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(3)  Éxodo 3:6. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(4)  Apocalipsis 1:12-16. Nuevo Testamento. Nueva Versión Internacional.

(5)  2 Corintios 6:14. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(6)  Génesis 3:8. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(7)  Génesis 3:10. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(8)  Génesis 3:23-24. Santa Biblia. Reina Valera 1995. Sociedades Bíblicas Unidas.

(9) 1 Corintios 13:12. Nuevo Testamento. Nueva Versión Internacional.
 
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